Familia Ortiz Díaz

Monday, September 22, 2008

Corteza de Noventa y Tres Años.

Maximino ya era corteza de ochenta años cuando yo apenas reverdecía como tallo recién brotado. Sus manos de rama fuerte, las venas brotadas de salvia, empuñan el mazo que hiere sus piernas y construye de un pedazo de sí su monocromático arte. Antes lo corta, destroza, lo hunde, lo moldea, lo cava y su caligrafía es aún más precisa entre las vetas de la madera. Pone su nombre y despliega su paz como si fuese rabia que transfiere su suave candidez e ingenio y desprende figuras hermosas de un simple pedazo de sí. Maravillado ante la vida, no entiende que hace muchos años es árbol y el árbol es él, ni que tiene más anillos que el manzano de su patio y pretende otear el cielo como una hierbita que esperando la primera llovizna del verano. Anticipa la tierra chapoteando a su derredor, anhela el olor, refrescarse la verdísima cara con viento y agua. Cierra los ojos como si le pesaran para abrirlos a su fantasía interior donde él es un niño y recibe un regalo de navidad que se convertirá en su pasatiempo infinito y recuerda la sombrilla de la que sacó la gubia tan fina que usa para las pestañas y el pelo. Y recuerda al padre tañendo hierro. El corazón le dió un vuelco por que así sucede cuando te enteras con tu perfecta intuición.

Maximino es tallo recién brotado mientras yo lo miro en mi corteza de ochenta años.

Corteza de Noventa y Tres Años.

Maximino ya era corteza de ochenta años cuando yo apenas reverdecía como tallo recién brotado. Sus manos de rama fuerte, las venas brotadas de salvia, empuñan el mazo que hiere sus piernas y construye de un pedazo de sí su monocromático arte. Antes lo corta, destroza, lo hunde, lo moldea, lo cava y su caligrafía es aún más precisa entre las vetas de la madera. Pone su nombre y despliega su paz como si fuese rabia que transfiere su suave candidez e ingenio y desprende figuras hermosas de un simple pedazo de sí. Maravillado ante la vida, no entiende que hace muchos años es árbol y el árbol es él, ni que tiene más anillos que el manzano de su patio y pretende otear el cielo como una hierbita que esperando la primera llovizna del verano. Anticipa la tierra chapoteando a su derredor, anhela el olor, refrescarse la verdísima cara con viento y agua. Cierra los ojos como si le pesaran para abrirlos a su fantasía interior donde él es un niño y recibe un regalo de navidad que se convertirá en su pasatiempo infinito y recuerda la sombrilla de la que sacó la gubia tan fina que usa para las pestañas y el pelo. Y recuerda al padre tañendo hierro. El corazón le dió un vuelco por que así sucede cuando te enteras con tu perfecta intuición.

Maximino es tallo recién brotado mientras yo lo miro en mi corteza de ochenta años.

Maximino Díaz Lorenzo


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